Consagración a nuestra Señora de la Evangelización

Nuestra Señora de la Evangelización

Un poco de historia

La imagen de la Virgen de la Evangelización llegó a nuestro país en 1540, y fue venerada por todos los santos peruanos. A sus pies, el primer obispo de la nueva diócesis, Fray Jerónimo de Loayza, depositó la primera rosa que floreció en la ciudad.

En 1985, el papa Juan Pablo II visitó Perú por primera vez y coronó solemnemente la imagen, como Patrona de la Arquidiócesis de Lima. Tres años más tarde, en 1988, durante en una segunda visita, reemplazó el rosario que portaba la imagen por una rosa de oro, en un gesto de honra extraordinario.

En esta ceremonia, Juan Pablo II consagró la nación a nuestra Señora de la Evangelización. Recordemos y repitamos este acto de consagración, pidiendo a nuestra Madre, a la Virgen de la Evangelización, acoja con amor maternal a nuestra nación, a nuestro pueblo e interceda por nuestra patria.

Juan Pablo II consagra Perú a la Virgen

San Juan Pablo II consagrando el Perú a la Virgen María el 14 de mayo de 1988

Acto de Consagración a la Virgen de la Evangelización

¡Dios te salve, María, llena de gracia, Madre de Misericordia! Te damos gracias porque nos has dado el fruto bendito de tu vientre, Cristo Jesús, autor de nuestra salvación.

Tú, Madre y protectora de este pueblo, nos has acompañado a través de la historia, siendo su Maestra en la fe, en la esperanza y en el amor: muéstranos ahora a Jesús, presentándonos el ejemplo de su vida e intercediendo por nosotros.

En esta hora de gracia y bendición para el Perú, deseamos reafirmar nuestra fe en Cristo Eucaristía, Camino, Verdad y Vida, cuya palabra queremos acoger en nuestro corazón como Tú la acogiste, de modo que, renovados por la Eucaristía y la Palabra, podamos edificar todos unidos la ansiada Civilización del Amor.

“¡Nuestra Señora de la Evangelización!”. Madre de la Buena Nueva, sabemos que el camino es arduo; esta tierra gloriosa, cuna de santos, se ve ahora afligida por la violencia y la muerte, por la pobreza y la injusticia, por una honda crisis familiar fruto del olvido de la Ley del Señor, por ideologías que intentan vaciar de contenido su fe cristiana.

Por eso queremos ofrendar a Ti todo el pueblo de Dios que peregrina en Perú y poner cerca de tu Corazón de Madre:

A los Pastores de la Iglesia, para que sigan siendo valientes maestros de la Verdad, defensores de la dignidad de sus hermanos, constructores de la unidad.

A los sacerdotes, para que cada vez más conscientes de su vinculación con el único mediador, Cristo Jesús, prolonguen su presencia en las comunidades, siendo fieles dispensadores de los misterios de Dios.

A las personas consagradas, para que por el fiel seguimiento de los consejos evangélicos se dediquen intensamente a Dios como a su amor supremo, sean signo preclaro de la Iglesia, y presencia de tu Hijo en el mundo.

A todos los laicos, para que fieles a su bautismo y guiados por el Espíritu Santo sean verdadero testimonio del Evangelio y lo anuncien con su vida.

A los hogares cristianos, para que como verdaderas iglesias domésticas, sean auténticos santuarios donde se viva la fe, la esperanza y la caridad, donde florezca la fidelidad, la obediencia filial, el amor mutuo.

A los jóvenes, para que tengan el valor de brindar todas sus energías en construir un nuevo Perú donde se viva sin temor el espíritu de las bienaventuranzas del Reino.

A los pobres, ancianos, enfermos, a las víctimas de la injusticia y la violencia, a los que están llevando la cruz de la Pasión de tu Hijo, para que encuentren consuelo en su fe, fortaleza en su esperanza, ayuda solidaria y fraterna en todos sus hermanos.

A los responsables del gobierno de la Nación y a los que rigen la sociedad, para que con rectitud y entrega generosa conduzcan el pueblo del Perú por caminos de justicia y libertad en convivencia pacífica.

Madre y Señora nuestra, acoge con amor esta ofrenda de tus hijos y bendice esta amada tierra con los dones de la reconciliación y la paz.

¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!”

San Juan Pablo II
Catedral de Lima, 14 de mayo de 1988

 

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