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LIMOSNA Dar Limosna no es regalar la moneda más pequeña que sale del bolsillo. Tampoco es callar el clamor de un pobre con dinero. Menos ofrecer algo a regañadientes. La Limosna comienza desde el Corazón. Es una oportunidad que tenemos para compartir lo que el Creador nos ha encargado (Recordemos: no somos poseedores, sólo administradores). La Limosna no es un acto económico sino un acto de amor. Es un acto de justicia, de solidaridad con los que menos tienen, y a los que tenemos el deber de ayudar. Nos aleja del vicio del materialismo y consumismo. Al desprendernos de algo para ofrecerlo a los demás, impedimos que el afán por el dinero se apodere de nosotros. Ya no pretendemos buscar más, sino entregar más a los que lo necesitan. El Papa Benedicto XVI menciona que “dar Limosna es expresar la verdad de nuestro ser: no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para nuestros hermanos” (Mensaje de Cuaresma 2008 – No. 4). Es dejar de pensar en nosotros para entregarnos a los demás. Si vemos el rostro de Dios en nuestros hermanos necesitados, nuestra Limosna no nos acercará sólo a las personas que ayudemos, sino a Dios mismo presente. Es una forma de reconciliarnos con el Señor, de reencontrarnos con él. El hacer la Limosna un secreto (Que tu mano izquierda no vea lo que hace la derecha) es la frontera entre practicar el mensaje evangélico y echarlo todo a la vanidad y al protagonismo. Jesús marca la diferencia: dar Limosna en secreto es hacer que sólo Dios, que ve en lo secreto, sea testigo de nuestra buena obra, y que él nos premie. Darnos gratuitamente a los demás es dar testimonio que el amor es lo que nos sostiene, y no lo material. Ofrecer dinero o alimentos, dedicar unos minutos a visitar a un anciano, compartir lo que sabemos, o servir voluntariamente a la Iglesia o a la Sociedad, siempre y cuando sea con amor, eso es dar Limosna. |
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