Fiesta de la presentación del Señor

Presentación de Jesús en el templo

“Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor”

Con este fragmento del Evangelio de Lucas, las Escrituras citan el momento en que la Sagrada Familia, en cumplimiento de la ley, se dirigen al templo a cumplir con lo ordenado: la purificación de la madre y la presentación del primogénito al Señor.

Este evento, retratado en el Segundo Misterio Gozoso, es considerado también como una epifanía, una manifestación de Cristo a los hombres, representados en este caso por Simeón y Ana, dos personas entregadas al Señor, que esperaban con fe al Mesías de Dios.

Luz para alumbrar a las naciones

A Simeón, el Espíritu le había dicho que no moriría sin antes ver al Mesías, y él, con mucha fe, esperaba, y esperaba. Hasta que ese día, “movido por el Espíritu, fue al templo”. No conocía a José ni a María, no estaba entre los pastores que recibieron el anuncio del ángel cuando nació Jesús en Belén. Sin embargo, al cruzarse con ellos, el Espíritu hizo que reconociera en ese niño al Salvador del Mundo.

El evangelio cita las palabras de Simeón, al referirse al niño como “luz para alumbrar a las naciones”, la luz divina que disipa la oscuridad, “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido” (Juan 1,5).

Presentación de Jesús en el templo

Presencia de Jesús en nuestra vida

Esta procesión, camino, de la Sagrada Familia al templo para presentar a Jesús, es el camino que Jesús quiere hacer a nuestro corazón, viene a nuestro encuentro, humilde, sencillo, y al mismo tiempo grande, omnipotente, misericordioso.

El Espíritu de Dios no es privilegio de unos cuantos, de una “elite”, lo hemos recibido en el bautismo, está con nosotros, nos habla; el problema es que, muchas veces, no podemos o no queremos escucharlo. Él nos va diciendo “ahí está, ese es, anda, hoy lo vas a encontrar”, como seguramente sintió Simeón ese día.

Abramos los oídos del corazón, dejemos que sus dulces palabras suenen y nos conduzcan al encuentro del Salvador del Mundo, para que recibamos la luz eterna que ha de alumbrar nuestra vida.

Dejemos que Jesús se presente ante nosotros, reconozcámoslo, recibamoslo.

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