Vive una Navidad auténtica en familia

Navidad en Familia

¿Quieres vivir Navidad en familia de la mejor manera? Disfruta de la Navidad con tu familia llenando tu hogar de amor, paz, perdón y comprensión, y evitando estas actitudes y costumbres.

Estamos a puertas de empezar el Adviento, tiempo que a todos los cristianos nos debería llenar de ilusión y que deberíamos aprovechar como una época litúrgica especial para crecer en el espíritu. Ciertamente nos ilusionamos porque, además, coincide con el fin de año, las celebraciones y los festejos.

Sin embargo, lejos de poder dedicar el tiempo suficiente a nuestro espíritu, pareciera que el mes de diciembre se transformara en un huracán de desorden y caos del que parecemos no poder escapar. Incluso las personas más organizadas en su vida espiritual, a menudo sienten que diciembre y la Navidad les pasan por encima. Otros caen en el pesimismo hasta que finalmente una fiesta de tanta alegría como la Navidad se convierte en excusa para el mal humor, la tristeza y la crítica.

Aquí te presentamos algunas actitudes que pueden surgir en estas épocas, que alejan nuestro corazón del verdadero sentido de la Navidad: la alegría y celebración porque «ha nacido el Salvador: el mesías, el Señor». También compartimos algunas sugerencias para poder combatirlas: que este año, el Adviento no les tome desprevenidos ni a ti ni a tu familia.

Las compras

Entre la decoración, que cada vez parece ser más elaborada y exótica, y los miles de regalos que debemos “hacer”, salir de compras es la actividad más frecuente del mes de diciembre. No contentos con esto, los genios del marketing han elaborado una serie de eventos en que las “rebajas” y ofertas inundan no sólo los centros comerciales sino también el ciber espacio. Por donde sea, comprar se convierte en una obligación y una pesada carga que hace que muchos piensen que Navidad se trata sólo de los regalos.

Es verdad que la Navidad merece una celebración especial y que un regalo simboliza, de alguna manera, el cariño y la consideración que tenemos el uno por el otro, más si somos familia. Pero en ese frenesí de compras, con frecuencia olvidamos que el regalo más grande es aquel que no se compra, y que además este regalo, nuestro Salvador, vino al mundo de la manera más sencilla y pobre posible. Nació en un pesebre, entre animales, hierba seca y suciedad. El tesoro más grande que tuvo (y que trajo) fue el amor. Así pues, antes de caer en la locura del consumo compulsivo, detengámonos un momento a pensar en esto. Busquemos la mesura, pensemos en quienes menos tienen, y ejercitemos el amor. ¡No necesitamos comprar tanto! A ver si esta navidad nos volvemos creativos y regalamos algo que el dinero no puede comprar: el amor y la caridad que vienen del corazón.

Navidad y compras

Los compromisos

Apenas comienza diciembre, el calendario ya está repleto de compromisos y eventos. Desde las reuniones de fin de año en el trabajo y el colegio, los intercambios de regalos, las cenas de solidaridad, las campañas navideñas… El tiempo siempre nos queda corto, y a todos estos compromisos tenemos que sumarle la planificación de la cena familiar y todo lo que esto conlleva: qué comida preparar, qué bebida servir, qué postres preparar… En fin.

Mientras tanto la liturgia nos recuerda que el Adviento es un tiempo de espera. Cuando esperamos a alguien necesitamos prepararnos debidamente para su llegada; cuánto más si se trata del mismo Cristo. ¿Cómo puedo prepararme en este tiempo y hacer un poco de pausa, de oración, si ni siquiera tengo tiempo para mí mismo? Hacer un ejercicio de templanza y empezar a decir que no es la mejor opción. No es necesario ir a todos los eventos ni correr de aquí para allá; puede ser una mejor idea invitar a nuestros amigos y conocidos a encender una vela de adviento, y concentrarnos en ese momento. ¿Qué tal si nos reservamos un poco de tiempo para compartir en calma en familia? No pasa nada si nos perdemos de algunas reuniones sociales, si a cambio le dedicamos un tiempo a prepararnos para el nacimiento de Jesús.

Regalos caros

Otra angustia en la que podemos caer es el tamaño de los regalos, no sólo en cuanto a sus dimensiones físicas, sino a la cantidad de ceros que adornan su precio. Sentimos la tentación de pensar que, cuanto más caro o más grande el regalo, mejor, como si el amor pudiera medirse por el dinero invertido en un regalo.

Es verdad que cuando alguien es importante para nosotros, queremos darle lo mejor que podemos, pero no son pocas las veces en que nos enfocamos sólo en el tamaño del regalo, en parecer generosos y quedar bien, y nos olvidamos de la persona a quien se lo regalamos. Incluso nos endeudamos y nos hacemos de problemas grandes que en el largo plazo afectan a todos. Pudiera parecer que valoramos más cómo hemos quedado ante el otro que el bien y la bondad que ese regalo contiene. Y también nos sucede al revés: que queremos valorar el amor que nos dan de acuerdo a la medida del regalo y terminamos exigiendo en lugar de aceptar lo que el otro puede dar.

¿Qué tal si en lugar de regalos materiales regalamos experiencias de amor? Detalles que hemos hecho con nuestras manos, pensando en el otro. Otros regalos invaluables: nuestro tiempo, palabras amables, esa ayuda concreta que hace tiempo nos pidieron. Encontrémonos dejando de lado las expectativas, dispuestos a aceptar el amor del otro sinceramente. El mejor regalo es el amor en nosotros mismos.

Navidad y regalos

El grinch

Existe también el otro lado de la moneda: como respuesta a toda esta celebración frenética y que muchos consideran casi sin sentido cristiano, no faltan quienes que se resisten a cualquier tipo de celebración, poniendo la peor actitud posible y arruinando la alegría de los demás. Aquellos que desde el inicio amenazan a no ir a la cena familiar, a pasarla solos en casa o irse de viaje a algún lugar remoto para que nadie los moleste. Y aunque la molestia e incomodidad respecto a las celebraciones exageradas y la pérdida del sentido es comprensible, esa actitud de enojo y amargura encierra egoísmo, centrándose únicamente en la propia comodidad y en expectativas excesivamente altas.

Jesucristo con su nacimiento nos trae el regalo más grande, la vida misma. ¿Cómo podemos negarnos a celebrar esto junto con las personas que más nos aman? Si las fiestas de Navidad se han convertido en un verdadero tormento, lo mejor es ayudar a recuperar su sentido. Evita las actitudes de soledad y división y, por el contrario, recuerda a todos con cariño y respeto lo que en estas fiestas necesitamos celebrar, contribuyendo desde tu lugar a realizarlo. Aprende a manejar tus emociones y ayuda a construir un ambiente de oración y unión familiar.

La nostalgia

Otra actitud frecuente y muchas veces incontrolable, es esa nostalgia constante durante las fiestas. La Navidad se ha convertido en el símbolo de la unión familiar, y esto hace que recordemos nuestra infancia, aquellos tiempos hermosos en los que compartíamos con muchos que ya no están. Recordamos el cariño de nuestros padres, la ilusión de los regalos, los niños que jugaban con nosotros, la fantasía del momento y tantas otras cosas más que ya no volverán. Recordamos a los que han partido y la nostalgia y la tristeza aparecen. Además, los gastos y el ajetreo hacen que algunos se sientan abrumados y frustrados. Mucha gente que se encuentra en situaciones difíciles de pobreza y abandono, se siente aún más pobre y abandonada, cayendo en depresión, desesperación y, en algunos casos, llegando hasta el suicidio. ¿Qué podemos hacer frente a esto?

El papa Francisco ya nos decía un tiempo atrás que la alegría del cristiano es fundamental. Cuando la nostalgia aparece, necesitamos hacer uso de la alegría de manera urgente. Si nos encontramos tristes y nostálgicos, volvamos los ojos a ese niño en el pesebre que nos ha traído la alegría de la vida eterna, la promesa de reunirnos con todos los que partieron antes que nosotros. Aprendamos a vivir el presente, y enfrentarlo con lo que tenemos al lado. Dejemos de lado nuestros caprichos materiales y económicos, y centrémonos en el gozo de la celebración del nacimiento de Jesús en medio de nuestro hogar. Llevemos la buena nueva a los que sufren, consolemos y acompañemos a los que están solos. A veces el mejor antídoto para vencer a la tristeza es salir de uno mismo y cuidar al otro.

Navidad y nostalgia

El perfeccionismo

El perfeccionismo en Navidad crece a velocidades increíbles. La decoración tiene que estar impecable y ser la más admirada. La cena tiene que ser la más deliciosa e impresionante. Los vestidos, la música, el árbol, todo tiene que ser “de primera”. Y cuando nos damos cuenta del menor detalle, todo el esfuerzo y “cariño” que se le puso al festejo se va por la borda. Ay de aquel que toque el chocolate antes de haber dado permiso a servirse, o de la primera gota que manche el mantel, o si tu pequeño se atreve a ensuciar aquel vestido que con tanto esfuerzo conseguiste. Y ni qué decir si te das cuenta de que la celebración del vecino estuvo mejor

Recordemos que la sencillez y humildad fueron las características que marcaron el nacimiento de Cristo. Que el amor, la ternura y la calidez fueron sus primeros adornos. Que la naturaleza entera se conmovió ante tamaño evento. No existirá nunca celebración en la tierra que esté a la altura de nuestro Salvador; y, sin embargo, Dios se conmueve con aquellos detalles que nacen del corazón que ama. Dios no busca perfección, busca que nos amemos sinceramente. En lugar de preocuparnos tanto por la perfección que no podemos alcanzar, acojamos con el corazón abierto cada esfuerzo y buen gesto de quienes nos rodean. De paso, relajémonos y aceptemos humildemente que podemos equivocarnos y que, a pesar de eso, podemos pasar un bello momento en familia junto a Dios.

Las apariencias

Entre los adornos, la decoración, la mesa, la ropa y las fotos perfectas no nos damos abasto. La tentación es valorar más lo que vemos (y lo que otros verán) que lo que vivimos. Podemos creer que el mejor lugar para exponer y presumir toda esta “belleza” son las redes sociales, y entonces la Navidad se convierte en un espectáculo y nos olvidamos del pequeño niño en el pesebre que, si aparece, seguramente estará en el fondo de un selfie.

Las redes sociales no son malas por sí mismas, y sin embargo encierran un riesgo grande que es el de vivir de apariencias, de crear falsas imágenes y aparentar quienes somos. En esta hermosa celebración no nos libramos de esto y puede que estemos más tiempo con los ojos fijos en la pantalla de nuestro celular, tomando mil fotos y subiéndolas a Instagram y Snapchat, que compartiendo con nuestra familia, mirándonos a los ojos y celebrando el mejor regalo que podamos haber recibido. Recordemos siempre que la Navidad no se basa en las apariencias ni en quién sale mejor en la foto; se trata del amor más auténtico que haya podido existir. Deja tu celular de lado y comparte el amor con quienes más aprecias.

Navidad y apariencias

Navidad en familia

Que este tiempo de Adviento podamos preparar nuestros corazones para vivir la Navidad de la mejor manera: compartiendo con nuestros seres queridos, siendo generosos con quienes más lo necesitan y recibiendo a Jesús en nuestros corazones y en nuestros hogares, para vivir siempre en el perdón, la paz y el amor.

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Artículo adaptado de la publicación original de Silvana Ramos en https://catholic-link.com/7-actitudes-robarle-significado-navidad-como-combatirlas/

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